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Calaveritas de azúcar: el dulce con el que México se come a la muerte.

Las calaveritas de azúcar son uno de los símbolos más reconocibles del Día de Muertos, pero ¿alguna vez te has preguntado por qué existen y cómo llegaron a formar parte de esta celebración? Su historia esconde un detalle que quizá nunca habías imaginado.

Fuente /
Por Cynthia D. Rodríguez.

Detrás de este dulce existe una historia mucho más curiosa de lo que imaginas.

Cada 1 y 2 de noviembre, estas pequeñas calaveras aparecen en mercados, hogares y ofrendas junto a la flor de cempasúchil, las veladoras, el pan de muerto, las fotografías y la comida favorita de quienes ya no están. A simple vista parecen solo un dulce de temporada, pero basta acercarse un poco para descubrir que cada detalle puede contar algo.

Una calavera que también habla de la vida.

Las calaveritas forman parte de una tradición que fue tomando forma con el paso del tiempo. Las costumbres de las culturas prehispánicas y la religión católica se mezclaron y transformaron, dando lugar a muchas de las tradiciones que hoy relacionamos con el Día de Muertos.

Las tradicionales se elaboran principalmente con azúcar mediante la técnica española del alfeñique, una preparación hecha a base de azúcar de caña que permite moldear figuras y darles diferentes formas. 

Aunque esta es la versión más tradicional, también existen calaveritas de chocolate y amaranto; además, pueden encontrarse en distintos tamaños y suelen decorarse con colores, flores, papel metálico y otros detalles que hacen que cada una tenga su propio estilo.

Pero hay un detalle que casi siempre termina robándose la atención y es el nombre escrito en la frente.

Y aquí es donde la historia se pone todavía más interesante.

 ¿Por qué las calaveritas llevan nombres?

Que una calaverita tenga tu nombre puede sonar un poco extraño si no conoces la tradición; sin embargo, no necesariamente representa algo negativo. Es común regalar estas piezas tanto para recordar a quienes ya fallecieron como a personas que todavía están vivas.

En este último caso, la idea puede tomarse de una manera simbólica y hasta divertida, pues la calaverita nos recuerda  que  la muerte forma parte de la vida.

También existen diferentes creencias populares alrededor de esta costumbre. 

Para algunas personas, recibir una calaverita con su nombre representa se relacionan con tener un buen camino hacia el más allá y mientras que otras es el deseo de ser recordadas después de morir; estas interpretaciones pueden cambiar dependiendo de la familia o la región, pero comparten la misma idea de mantener vivo el recuerdo de quienes queremos.

 Antes del azúcar ya existían las calaveras.

Y aquí aparece uno de los datos que quizá no esperabas; la relación de México con las calaveras comenzó mucho antes de que existieran los dulces que hoy conocemos.

Las culturas prehispánicas ya utilizaban cráneos dentro de diferentes rituales. 

Uno de los ejemplos más conocidos es el Huei Tzompantli, una estructura formada por hileras de cráneos humanos que tenía un importante significado en algunos rituales para los mexicas. Estas prácticas estaban relacionadas con su manera de entender la muerte, el sacrificio y el mundo de los dioses y del inframundo, asociado con Mictlantecuhtli, señor del Mictlán.

Fuente / INAH

Claro que las calaveritas de azúcar no son simplemente una versión dulce de aquellos antiguos cráneos. 

Su elaboración también tiene una importante influencia europea y lo interesante es observar cómo, con el paso de los siglos, la calavera siguió ocupando un lugar especial en la cultura mexicana, aunque su apariencia y la manera de representarla fueran cambiando.

Y quizá ahí está una de las cosas más curiosas del Día de Muertos.

Los mexicanos sabemos que la muerte es algo que, tarde o temprano, todos tenemos asegurado, pero en lugar de verla únicamente como algo que provoca miedo, también podemos recordarla con flores, música, colores, recuerdos y hasta con un dulce.

Porque aquí no solo ponemos una calavera en la ofrenda.

También podemos darle un mordisco y comernos a la muerte.

La convertimos en azúcar, la llenamos de colores, le ponemos el nombre de alguien y la compartimos con las personas que queremos; y así, algo que representa uno de los destinos que todos compartimos termina convertido en una pequeña pieza que nos invita a recordar la vida, celebrar la memoria y mantener presentes a quienes ya no están.

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